jueves, 21 de agosto de 2014

Reposición: herencia


Ya me conocen, soy Andrea, la hija menor de Rick.
Dicen que los hijos menores son los más mimados y en mi caso se verifica esa ley, un poco por mi simpatía innata pero más que nada porque mi hermana es insufrible. Yo también tengo mis taras, pero son de otro tipo, yo diría que son taras más normales, si cabe. En pocas palabras: no soy una histérica.


Mi abuela, mi padre y yo tenemos ciertos trastornos que es imposible atribuirlos a las casualidades. Las leyes de Mendel han sido despiadadamente rigurosas con nosotros, es por eso que aseguro que todos mis males se deben al ADN que mi padre se ha dignado a transferirme sin mi consentimiento y que a su vez recibió de su madre. Por suerte no tengo su nariz, porque si así fuera lo hubiese demandado, aunque en honor a la verdad no salí del todo mal teniendo en cuenta la herencia. De pequeñas mi hermana y yo eramos bastante bonitas, al punto que un pediatra preguntó si habíamos sido adoptadas. Mis padres jamás volvieron a consultar a ese hombre.
Al igual que a mi padre me gusta jugar al tenis y, al igual que él, malgasto dinero en profesores. Mi única satisfacción es ganarle con facilidad y hacer que pague el alquiler de la cancha, pero convengamos que sólo se trata de un resarcimiento insignificante frente al daño infringido. Cuando era pequeña pasábamos horas frente al frontón dale que te dale con la pelotita y la raqueta. En esa misma época Frank Williams entrenaba a sus hijas. Si esas chicas hubiesen sido hijas de mi padre hoy serían meseras. Por suerte para ella, mi hermana nunca se dejó engatusar por las ficciones de mi padre. Ella no será muy lúcida pero es innegable que tiene un sexto sentido para detectar estupideces.

Siempre me ha gustado la música. Hace unos años convencí a mi padre que me compre un saxo. Tomé algunas clases y toque en una navidad. Todos me felicitaron pero ninguno adivinó el tema que había interpretado y eso que era el Himno Nacional. Esa experiencia me dejó sumamente deprimida y dejé el saxo en su estuche hasta que estos ignorantes mejoren su oído. De niño mi padre intentó con la guitarra. Por lo que pude averiguar la música tampoco era lo suyo. Al menos yo bailo aceptablemente bien, no como él que en otra vida debió ser momificado y aún no ha superado ese karma.

Mi infancia no ha sido fácil a pesar de haber sido una niña aplicada y responsable. Me han cargado de difíciles tareas tales como prender y apagar la luz. ¡Habiendo tanta gente en casa yo debía hacerlo! Andrea, apaga la luz. Andrea, prende la luz. ¿Por qué yo, mi Dios? ¿Qué mal hice en esta vida? ¡Aprovechadores! ¡Negreros! Pero como no hay mal que por bien no venga, esa niñez de obligaciones ha forjado en mí una voluntad de hierro, y hoy puedo decir con orgullo que no hago nada en casa. En realidad sí que hago, ayudo en la planificación familiar, indico qué quiero cenar, cómo quiero que mi ropa sea planchada y otras colaboraciones semejantes.

Mi hermana salió a mi madre. Tampoco puede decirse que se sacó la lotería. Pero, Dios me perdone, yo la veo peor que a ella. Es porque la especie no siempre evoluciona, digo más, mi hermana es un típico caso de involución. Afortunadamente yo superé a Rick, aunque todos dirán que el listón no estaba demasiado alto. Bueno, puede ser...

sábado, 16 de agosto de 2014

cosas del destino


Ya era hora de terminar con esa relación absurda y peligrosa, estaba decidido. No iría a trabajar, prefería hablar desde la tranquilidad de su departamento de soltero. Se sentó sobre el  sillón desde donde podía verse un pequeña plaza llena de niños, madres y nanas. Su mente navegó hasta el primer día. Si hubiera sabido quién era verdaderamente esa mujer jamás se hubiera acercado, pero justo ese día se había podido escabullir del trío de gorilas que la custodiaban a sol y a sombra... cosas del destino.
Una tarde preciosa, un café, unos besos y a la cama de un hotel barato. Fue debut y despedida, porque jamás volvió a verla. Un día el teléfono sonó y era ella. Jamás le preguntó cómo pudo encontrarlo, pero ni falta hacía. Al principio pensó que la había dejado embarazada, pero no. "No te preocupes, si hubiese estado embarazada los dos ya estaríamos muertos". Curiosa manera de tranquilizarlo. Ella lo llamaba cada día. Quería que la ayude a escapar. "Ni ebrio ni dormido" como dijo Mariano Moreno. Habría que estar loco para robarle la mujer a un mafioso y él de loco no tenía nada. Hablaban horas de cualquier cosa. Por la manera que resonaban las palabras la mujer debía llamarlo de una habitación muy grande. Ella hablaba tranquila pero él temía que la descubran. Temía por ella, pero sobre todo temía por él. Con esa gente no se juega. "Esperá, me parece que alguien viene". La mujer alcanzó a pronunciar el nombre del marido. Del otro lado de la línea Roberto escuchó con claridad el disparo y un segundo después el ruido sordo del cuerpo contra el piso. Instintivamente cortó la comunicación. Cuando se dio vuelta vio a un tipo bien vestido parado detrás suyo.


lunes, 11 de agosto de 2014

un día cualquiera


Como cada día, mis ojos se abrieron innecesariamente temprano. Despertarme a horas inverosímiles era un resabio de la época en que madrugaba para subirme al caminador elíptico antes de ir a trabajar. No sé de dónde sacaba las ganas.

Una mirada en el espejo del baño sirvió para confirmar que recién levantado, ese día también mostraba el aspecto calamitoso de siempre, aunque paradójicamente algo atenuado por la barba, al menos a mi gusto. Sí, no tengo vergüenza en admitir que me gusta como me queda la barba, supongo que debe ser porque me tapa parte de la cara, o no sé, pero me gusta. “Te hace más viejo” me dijeron cuando dejé de afeitarme diariamente, pero ahora ya nadie insiste con eso.

Necesitaba un café y necesitaba mi música. Un buen día comenzó a gustarme el jazz melódico y esa especie de amor jamás me abandonó. En aquellos años me proveí de cientos temas desde el Apple Store, tantos que nunca tuve la necesidad de volver a comprar. El sonido del saxo unido al del piano evocan en mí una sensación agridulce que ninguna otra música logra siquiera emular. Prendí el viejo ipod cuyo sonido se hacía audible desde cada rincón del departamento gracias a un pequeño amplificador y dos modestos parlantes, subí el volumen al máximo y salí al balcón. Las primeras brisas de primavera me devolvían irremediablemente a momentos pasados. “Todo tiempo pasado fue mejor” dicen, pero esa máxima no es universal, no se aplica para mí, ni para Juan Pablo Castel, y seguro que tampoco a muchos otros. Para mí el pasado fue igual de malo que el presente, tampoco puedo decir que fuera peor, la única diferencia es que en el pasado era más joven, nada más. Apoyé la taza de café sobre la mesita de caña y juncos. Me apoltroné sobre el pequeño sillón y mi atención se fijó en el grupo de viviendas sociales de la vereda de enfrente. Recordé que el solar dónde se asentaban, aledaño a las vías del ferrocarril Mitre, primero había sido ocupado por un corralón de materiales, luego por un obrador durante la ampliación del metro y posteriormente por unas cuantas canchas de fútbol para seis jugadores. Finalmente, no recuerdo durante qué gobierno, varios terrenos del Estado se destinaron a la construcción de monoblocks para gente de “bajos recursos”, y ese fue el destino último de ese predio que alguna vez muchos nos ilusionamos se convertiría en una verde placita.

Después de la ducha mi aspecto había mejorado, o al menos eso creí. Cuatro apretones al pulverizador del Jazz y ya estaba listo para salir. Mientras me rociaba caí en cuenta que usaba ese perfume desde hacía muchísimos años. El viejo Jazz, de Yve Saint Laurent, un sobreviviente en una época de cambios impiadosos. “Yo también he sobrevivido”, me dije con cierta ironía.

Cerré la llave de gas, verifiqué que nada eléctrico permaneciera encendido, y partí raudo antes que llegara la melancolía que cada día me visitaba. Puntualmente.

El tren me llevó hasta Aeropuerto Internacional de Ezeiza.
No quedaba cerca de casa pero había tomado la costumbre de ir hacia allí. Pasaba muchas horas en ese lugar. Parece mentira que un sitio tan impersonal se hubiese convertido en parte de mí. Miraba los aviones partir y llegar pero lo que más me gustaba era ver a la gente. Jugaba a imaginarme hacia dónde irían y luego con disimulo los seguía hasta la zona de embarque para ver si había acertado.
Me encantaba ver la cara de los niños, sobre todo los “primerizos”. Ellos tocaban las nubes horas antes de volar sobre ellas.

Para los pasajeros frecuentes el aeropuerto no era más que un mal necesario, o en el mejor de los casos un paso obligado, pero para otros podía significar una bisagra en sus vidas. Yo evitaba los sectores de partidas. Aún en esta época algunas despedidas son terribles. Fui testigo involuntario de escenas desgarradoras que nunca me abandonaron del todo. Por eso a mi me gustaban las llegadas, aunque en silencio sufría con la impaciencia propia del que espera. Algunos encuentros lograron hacerme llorar. Había abrazos interminables, besos, caricias con una ternura más divina que humana. Parecía que nada alcanzaba para expresar el amor guardado por tantos años. A veces yo mismo imaginaba que estaba esperando a alguien, a un viejo amor de ultramar que tardó una vida en llegar.

Algunos días salía del aeropuerto muy contento y otros días salía destrozado, al punto que pasaban semanas hasta que me animaba a volver.

Los guardias de seguridad ya me conocían y aseguraría que alguno de ellos hasta me quería. Miguel, un morocho amable e imponente, invariablemente me preguntaba “¿vuelve mañana, abuelo?”


miércoles, 11 de junio de 2014

el trasplante


El eminente biólogo celular Bruce Kenton, agradecía el Nobel  con estas palabras: “…este estudio ha demostrado en forma concluyente que cada célula en si misma es un organismo completo, con memoria  y con conciencia....” 
Lejos de Estocolmo, otro biólogo negociaba su último viaje. Los médicos de la Prisión Estatal de Nevada asentaron en el "Formulario 112" que el Dr. L. donaba sus órganos a cambio de una ejecución rápida, aunque esas no eran las verdaderas razones del científico, mucho más conocido por su forma de matar que por sus descubrimientos.
Catorce horas después del deceso, el corazón del Dr. L. latía nuevamente.
Mark supuso que esa sensación de fastidio hacia todos se debía al stress post quirúrgico, a la anestesia, a la sala de terapia intensiva iluminada día y noche, al ruido de los respiradores que jamás se detienen, a los malditos cables que le unían al monitor, a los dolores, y a todo aquello que puede atribuirse a las consecuencias de una operación larga y difícil. Con el correr de los días el fastidio se fue convirtiendo en odio.
Llamó su atención el hecho que a pesar de la incomodidad era capaz de mantenerse calmado, y que no le costaba en absoluto fingir amabilidad hacia médicos y enfermeros. Antes de la operación su modo frontal le hubiese generado situaciones tensas, pero ahora podía controlarse con notable facilidad. Ahora Mark sentía la vida de otra manera.
Durante su larga convalecencia llegó a la conclusión que la organización de ese hospital era paupérrima , que el personal de enfermería desatendía sus tareas y que los médicos eran incompetentes por completo. Le exasperaba esa combinación de mediocridad y pereza sostenida por los impuestos de la comunidad, pero nada decía. No tenía caso enfadarse, ya tendría tiempo de poner las cosas en orden cuando estuviese completamente repuesto.
Una semana después que Mark obtuvo el alta médica, el diario de la ciudad tituló “Desastre en el Hospital Estatal - Bacteria letal exterminó a todo el personal de la Unidad de Trasplantes". La policía buscaba al responsable de la contaminación. Estaban desorientados, muerto el Dr. L., no encontraban sospechosos. Nadie pensó en Mark.


martes, 10 de junio de 2014

hasta el último aliento

Conozco a Rodrigo desde hace más de cuarenta años. Cuarenta y tres, para ser preciso. Como sucede con los amigos de verdad, no importa el tiempo que pase, el último encuentro siempre fue ayer. Pero reconozco que dejé pasar mucho sin llamarlo. Cosas de estúpido. Hoy, que sé que no habrá otra vez, quisiera salir corriendo a darle un abrazo.
Rodrigo explicó con esa tranquilidad tan suya que ya no había motivos para seguir, nos dijo su hermano el día anterior a su muerte. Los dolores eran muy fuertes, pero por sobre todo, ya le habían hecho todo lo que podían hacerle. Los últimos dos años habían sido muy difíciles, yo ya no recuerdo a cuántas operaciones fue sometido y cuántos ciclos de mortífera “quimio” tuvo que recibir. A último momento se descartó la radioterapia, menos mal. Finalmente no quiso internarse, prefirió terminar en su casa, entre los suyos. Sólo pidió que la muerte lo encuentre dormido.
Rodrigo jamás contaba las “malas”, pero yo sabía que la estaba pasando mal realmente. Cualquier otra persona hubiese claudicado, pero él siguió adelante. Yo me pregunto qué habrá detrás de esas almas tan fuertes, de dónde les sale todo ese amor por la vida. Lo natural hubiese sido dejarse caer, pero abandonar no estaba en su libro. Debe ser algo genético porque Guillermo, su hermano, tiene su misma endereza.
Es fácil decir “hay que seguir”, lo difícil es hacerlo y él lo hizo. Su lucha fue ejemplificadora, creo que muy especialmente para sus hijas. En estos tiempos los ejemplos no se valoran como es debido, y este hombre fue un ejemplo hasta en el final.
Sus últimas dos semanas fueron dignas de un gladiador. Los quince años de su hija mayor -me “armaron” para que pudiera concurrir, le confió a un amigo común-, la última intervención como cirujano, la despedida de sus colaboradores y amigos del hospital, la paella que él mismo preparó para los amigos del barrio -y que ni siquiera probó-, la despedida de sus hijas, de su esposa, de sus padres, de su hermano. Deben ser terrible despedirse en vida y fue él quien tuvo que contener a la familia, quien tuvo que hacerles entender que se retiraba en paz. Como médico le tocó muchas veces explicar lo inexplicable y lo tuvo que hacer una vez más.
Me arrepiento mucho de no haberlo visto más seguido, sin embargo el último tiempo -y a su iniciativa- habíamos tomado la costumbre de compartir un café el domingo por la tarde. Recuerdo bien su invitación telefónica “Negrito, estoy en el café Havanna de Mosconi y Artigas, si querés venir estás invitado…”. Así comenzamos una serie de cinco o seis encuentros que hoy recuerdo con verdadera nostalgia.
Rodrigo ya estaba flaco y caminaba lento, incluso hubo veces en que parecía que hablar le costara un poco, pero su fuerza interna permanecía intacta.
Muy rara vez hablábamos de sus “problemas” de salud y cuándo lo hacíamos no era porque él sacara el tema. Amaba su trabajo de cirujano y sabía transmitir con palabras ese amor, pero también hablamos de fútbol, de política y de lo que viniera a cuento. El tenía esa rara virtud de no colocar sus complicaciones en el centro de la escena.
El domingo a las 14:00, Roberto me avisó que ya había partido.
El que estaba en el féretro no era Rodrigo, era solamente su cuerpo dando testimonio del dolor de las últimas horas. Recordé esa afirmación esostética “no soy mi cuerpo, no soy mis pensamientos, no soy mis emociones, soy mi alma”. El alma de Rodrigo no estaba ahí. Supongo que estaría al lado de los amigos y familiares que lloraban amargamente en cada lugar del velatorio. Cuesta entender como una persona común puede ser querida por tantos. Aunque Rodrigo no era una persona común en ningún aspecto. Son muchas las cosas buenas que podrían decirse de él, pero yo voy a elegir solamente una: Rodrigo supo saborear la vida hasta el último aliento.