miércoles, 11 de junio de 2014

el trasplante


El eminente biólogo celular Bruce Kenton, agradecía el Nobel  con estas palabras: “…este estudio ha demostrado en forma concluyente que cada célula en si misma es un organismo completo, con memoria  y con conciencia....” 
Lejos de Estocolmo, otro biólogo negociaba su último viaje. Los médicos de la Prisión Estatal de Nevada asentaron en el "Formulario 112" que el Dr. L. donaba sus órganos a cambio de una ejecución rápida, aunque esas no eran las verdaderas razones del científico, mucho más conocido por su forma de matar que por sus descubrimientos.
Catorce horas después del deceso, el corazón del Dr. L. latía nuevamente.
Mark supuso que esa sensación de fastidio hacia todos se debía al stress post quirúrgico, a la anestesia, a la sala de terapia intensiva iluminada día y noche, al ruido de los respiradores que jamás se detienen, a los malditos cables que le unían al monitor, a los dolores, y a todo aquello que puede atribuirse a las consecuencias de una operación larga y difícil. Con el correr de los días el fastidio se fue convirtiendo en odio.
Llamó su atención el hecho que a pesar de la incomodidad era capaz de mantenerse calmado, y que no le costaba en absoluto fingir amabilidad hacia médicos y enfermeros. Antes de la operación su modo frontal le hubiese generado situaciones tensas, pero ahora podía controlarse con notable facilidad. Ahora Mark sentía la vida de otra manera.
Durante su larga convalecencia llegó a la conclusión que la organización de ese hospital era paupérrima , que el personal de enfermería desatendía sus tareas y que los médicos eran incompetentes por completo. Le exasperaba esa combinación de mediocridad y pereza sostenida por los impuestos de la comunidad, pero nada decía. No tenía caso enfadarse, ya tendría tiempo de poner las cosas en orden cuando estuviese completamente repuesto.
Una semana después que Mark obtuvo el alta médica, el diario de la ciudad tituló “Desastre en el Hospital Estatal - Bacteria letal exterminó a todo el personal de la Unidad de Trasplantes". La policía buscaba al responsable de la contaminación. Estaban desorientados, muerto el Dr. L., no encontraban sospechosos. Nadie pensó en Mark.


martes, 10 de junio de 2014

hasta el último aliento

Conozco a Rodrigo desde hace más de cuarenta años. Cuarenta y tres, para ser preciso. Como sucede con los amigos de verdad, no importa el tiempo que pase, el último encuentro siempre fue ayer. Pero reconozco que dejé pasar mucho sin llamarlo. Cosas de estúpido. Hoy, que sé que no habrá otra vez, quisiera salir corriendo a darle un abrazo.
Rodrigo explicó con esa tranquilidad tan suya que ya no había motivos para seguir, nos dijo su hermano el día anterior a su muerte. Los dolores eran muy fuertes, pero por sobre todo, ya le habían hecho todo lo que podían hacerle. Los últimos dos años habían sido muy difíciles, yo ya no recuerdo a cuántas operaciones fue sometido y cuántos ciclos de mortífera “quimio” tuvo que recibir. A último momento se descartó la radioterapia, menos mal. Finalmente no quiso internarse, prefirió terminar en su casa, entre los suyos. Sólo pidió que la muerte lo encuentre dormido.
Rodrigo jamás contaba las “malas”, pero yo sabía que la estaba pasando mal realmente. Cualquier otra persona hubiese claudicado, pero él siguió adelante. Yo me pregunto qué habrá detrás de esas almas tan fuertes, de dónde les sale todo ese amor por la vida. Lo natural hubiese sido dejarse caer, pero abandonar no estaba en su libro. Debe ser algo genético porque Guillermo, su hermano, tiene su misma endereza.
Es fácil decir “hay que seguir”, lo difícil es hacerlo y él lo hizo. Su lucha fue ejemplificadora, creo que muy especialmente para sus hijas. En estos tiempos los ejemplos no se valoran como es debido, y este hombre fue un ejemplo hasta en el final.
Sus últimas dos semanas fueron dignas de un gladiador. Los quince años de su hija mayor -me “armaron” para que pudiera concurrir, le confió a un amigo común-, la última intervención como cirujano, la despedida de sus colaboradores y amigos del hospital, la paella que él mismo preparó para los amigos del barrio -y que ni siquiera probó-, la despedida de sus hijas, de su esposa, de sus padres, de su hermano. Deben ser terrible despedirse en vida y fue él quien tuvo que contener a la familia, quien tuvo que hacerles entender que se retiraba en paz. Como médico le tocó muchas veces explicar lo inexplicable y lo tuvo que hacer una vez más.
Me arrepiento mucho de no haberlo visto más seguido, sin embargo el último tiempo -y a su iniciativa- habíamos tomado la costumbre de compartir un café el domingo por la tarde. Recuerdo bien su invitación telefónica “Negrito, estoy en el café Havanna de Mosconi y Artigas, si querés venir estás invitado…”. Así comenzamos una serie de cinco o seis encuentros que hoy recuerdo con verdadera nostalgia.
Rodrigo ya estaba flaco y caminaba lento, incluso hubo veces en que parecía que hablar le costara un poco, pero su fuerza interna permanecía intacta.
Muy rara vez hablábamos de sus “problemas” de salud y cuándo lo hacíamos no era porque él sacara el tema. Amaba su trabajo de cirujano y sabía transmitir con palabras ese amor, pero también hablamos de fútbol, de política y de lo que viniera a cuento. El tenía esa rara virtud de no colocar sus complicaciones en el centro de la escena.
El domingo a las 14:00, Roberto me avisó que ya había partido.
El que estaba en el féretro no era Rodrigo, era solamente su cuerpo dando testimonio del dolor de las últimas horas. Recordé esa afirmación esostética “no soy mi cuerpo, no soy mis pensamientos, no soy mis emociones, soy mi alma”. El alma de Rodrigo no estaba ahí. Supongo que estaría al lado de los amigos y familiares que lloraban amargamente en cada lugar del velatorio. Cuesta entender como una persona común puede ser querida por tantos. Aunque Rodrigo no era una persona común en ningún aspecto. Son muchas las cosas buenas que podrían decirse de él, pero yo voy a elegir solamente una: Rodrigo supo saborear la vida hasta el último aliento.

viernes, 6 de junio de 2014

Secreto postal (última parte)


El juez dijo que si hubiese confesado la pena habría sido algo menor, pero no quise comprometer a la pobre chica. Bastante ya tendría con un hijo sin padre.
"...este Honorable Tribunal lo sentencia a purgar veinticinco años en la colonia penal para delincuentes peligrosos de la Isla de los Estados...".
El cielo gris hacía aún más tétrica la visión de la fortificación dónde pasaría mi próximo cuarto de siglo. Tal la costumbre, el Alcaide se presentó ante los nuevos reclusos. Durante unos quince minutos recitó las "normas de convivencia", luego se extendió sobre la función socializadora del Servicio Penal. Era un hombre alto de rostro indescifrable. Una adolescente lo acompañó durante todo el tiempo que duró su discurso. Incluso a la distancia se notaba que algo no estaba bien en ella. Se la notaba perdida, totalmente ajena al momento y al lugar dónde estaba su cuerpo. ¿Qué le pasa a esa niña? , pregunté en voz baja, ¿a esa? no le pasa nada, debe estar imaginando su próximo relato, tiene la manía de escribir historias y luego enviarlas, es muy buena haciéndolo. La loca de las cartas le decimos aquí…


Secreto postal (2da. parte)

Volví a revisar detenidamente las planillas dónde los carteros registran las novedades, y entre las entregas fallidas no figuraba la pieza destinada a la señorita Elena Gómez. No quedaban dudas que Eduardo o alguien de su familia la había recibido, pero el tiempo transcurría y no había respuesta. Era hora de arreglar las cosas.
La residencia del chico era muy distinta a lo que había imaginado. Era una casucha sucia y descuidada rodeada de matas y yuyos. En la única ventana de la vivienda, una chapa oxidada sustituía al vidrio que en mejores días debió dejar pasar la luz. ¡Qué hogar para un adolescente! No concibo a esos padres que traen hijos al mundo para hacerlos vivir una existencia de miseria y privaciones. ¿Qué tipo de cariño siente esa gente si ni siquiera se conduele por la suerte de sus hijos? Respuesta, ningún cariño, sólo miserables en un mundo miserable. El odio por Eduardo comenzó a transformarse en pena, una profunda pena por un ser condenado antes de nacer al fracaso y al sufrimiento.
Aguardé hasta el anochecer y el chico no apareció. ¿Estaría en la casa, en una escuela, en un trabajo? Sea como fuere debería estar ahí. No pude esperar más y me dirigí a la vivienda. ¡Eduardo! ¡Eduardo! grité desde la vereda. Al momento un hombre de unos treinta y tantos años traspuso la puerta. El aspecto del tipo no se condecía con el hábitat. Delgado, pelo corto, barba rala. Su ropa estaba algo demodé pero se la veía limpia y perfectamente planchada, cualquiera lo hubiese confundido con un oficinista antiguo. En su rostro común sólo se destacaba una mirada de resentimiento ¿Qué quiere?, espetó altivo. Necesito hablar con su hijo. No tengo hijos. ¿No es aquí el domicilio de Eduardo? Sí, es aquí. Por favor, le ruego me deje hablar con él. No tengo hijos, Eduardo soy yo.
Increpé al hombre de mala manera. De alguna forma debía obligarlo a que se haga cargo de la situación que él mismo había generado. Me escuchaba con indiferencia, hasta podría decirse que con cierta sorna, pero en ningún momento intentó negar lo sucedido, sólo dijo “la vi sólo una vez, esa chica está loca”. Al escuchar esas palabras una ola de indignación y asco se recorrió mi cuerpo, ese mal nacido se había aprovechado de la pobre niña y ahora quería desentenderse. ¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! De repente todo se oscureció. Cuando recobré la lucidez estaba esposado a una silla de hierro fija al piso de la sala de interrogatorio. Un policía enjuto exigía firme la confesión. Era sólo una formalidad, dicen que la policía me encontró con las manos sobre su cuello.

jueves, 5 de junio de 2014

Secreto postal (1ra. parte)


Sé que rompí el secreto postal, pero a mi favor voy a decirles lo mismo que le dije al juez: "esa carta estaba abierta". Si en ese momento hubiese sabido lo que sucedería luego me hubiese limitado a cerrar el sobre y colocarlo en el bolso del cartero, pero no lo hice, como resulta obvio. 
La carta no tendría más de diez líneas. En forma demasiado escueta para la importancia del contenido, una mujer le comunicaba a un tal Eduardo que llevaba "tres meses de embarazo" y le rogaba “ayuda para huir de allí”. Al principio pensé que se trataría de una mujer casada, pero por la forma de escribir y por la letra deduje que se trataba de una adolescente. Confirmé esta hipótesis cuando vi que la carta estaba dirigida a “Elena Gómez - Colegio Sagrada Unión - Tercer Curso”. Seguramente una amiga, eso evitaría que el envío despertara sospechas. Bien pensado.
Si bien no figuraba remitente, el sello sobre la estampilla indicaba indubitablemente que la carta provenía de la colonia penal de la Isla de los Estados, una prisión de máxima seguridad para reclusos peligrosos.

Anoté por si acaso la dirección del destinatario, cerré el sobre con cola para papel y dejé que el envío siguiera su curso. Es un delito federal violar correspondencia, no importa el motivo, así que juré que me desentendería del tema. Lamentablemente no pude.
Por alguna razón desconocida, asocié a mi hija menor con la niña de la isla. Sentí en carne propia la terrible espera, una agonía atroz que esa niña no merecía. Los días pasaban y ninguna carta dirigida a la isla entraba a mi estafeta. Comencé a sentir odio por ese Eduardo. Decidí que debía hablar con él, que debería hacerlo entrar en razones.